EGO's profileEL TORERO ALUCINÓGENOPhotosBlogListsMore Tools Help

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    11/17/2005

    Ardiente secreto I (Stefan Zweig)

         Allá arriba debían de correr vientos con alas inmensas porque el cielo, hacía un momento limpio e iluminado por la luna, volvía a estar oscuro. Unos trapos negros, arrojados por manos invisibles, envolvían de vez en cuando la luna, y la noche se tornaba entonces tan impenetrable que apenas se podía ver el camino. Pero pronto volvía a brillar, en cuanto la luna se liberaba. Plata fría goteaba entonces sobre el paisaje. Aquel juego entre la luz y las sombras resultaba misterioso, y tan excitante como el de una mujer que tan pronto se desnuda como se cubre.
    Justo entonces el paisaje volvió a descubrir su cuerpo brillante.
    10/1/2005

    Adiós (Friedrich Hölderlin)

    Si muerto en la deshonra, si mi alma
    antes no alcanza a vengar los agravios,
    si sucumbo al asedio de los envidiosos
    que hunden al genio en una tumba sin gloria,
     
    ¡olvídame! ¡No salves mi nombre
    de la mácula que lo cubre, corazón compasivo!
    ¡Avergüénzate entonces, tú que has sido tan dulce
    conmigo! ¡Pero no antes!
     
    ¿Acaso no lo sé? Lejos de ti, mi ángel custodio,
    lejos de ti y bien pronto, los demonios
    crueles de la muerte intentarán romper
    las cuerdas de mi corazón.
     
    ¡Encaneced, rubios cabellos de mi joven coraje,
    desde ahora mismo, no esperéis a mañana
    ................... en esta encrucijada solitaria
    donde el dolor asesino me ha derribado.
    9/30/2005

    El Aeda ciego (Friedrich Hölderlin)

    ¿Dónde estás, jovencísima, tú que siempre
    me despiertas de mañana? ¿Dónde estás, luz?
    Mi corazón se ha despertado, pero la noche
    aún me tiene preso de su encanto sagrado.
     
    Antes me gustaba acechar el amanecer,
    esperarte en la colina. Pero nunca en vano.
    Nunca, oh Propicia, me han engañado tus heraldos,
    las brisas, pues tú siempre aparecías.
     
    Venías esparciendo la dicha por tu habitual sendero,
    aparecías en tu hermosura. ¿Dónde estás?
    Mi corazón de nuevo vela, mas la noche infinita
    me retiene todavía.
     
    Antaño yo gozaba de tus verdes follajes,
    las flores brillaban para mí, como mis ojos;
    el rostro de los míos era algo cercano
    que iluminaba mi camino. Cuando joven
     
    miraba retozar en torno a los bosques
    a todas las alas del cielo.
    Hoy, en cambio, me quedo solo y silencioso,
    hora tras hora, y me imagino
     
    formas hechas de la dicha y las penas
    de días que fueron más claros,
    y espío a lo lejos la llegada
    del salvador, del amigo que me ayudará.
     
    Al mediodía oigo a veces la voz del tonante
    cuando viene con su paso de hierro.
    Sacúdese la casa entonces, y el suelo tiemba
    bajo su pisada, y en la montaña repercute.
     
    También en la noche oigo a mi salvador,
    que mata, libera, da la vida,
    lo admiro cuando sube del poniente
    al oriente. Y sonáis, cuerdas mías,
     
    para él son vuestros acordes. Y mi canto
    se reanima al acercarse, y así
    como la fuente sigue al río adonde quiera,
    yo voy tras su segura marcha
    y me uno a su órbita errabunda.
     
    ¿Dónde, dónde estás? Te oigo aquí y allá,
    oh resplandeciente! Y la tierra
    resuena en torno. ¿Dónde te detendrás?
    Dime, qué hay allá en lo alto, detrás
    de las nubes. ¿Pero qué me sucede?
     
    Oh, día, día que apareces por encima
    de las nubes que caen, bienvenido seas!
    Mis ojos se dilatan cuando llegas, astro
    de mi juventud. Oh dicha, luz de antaño,
     
    que te difundes hoy más inmaterial
    desde el cáliz sagrado! Y tú, casa paterna,
    y vosotros, queridos míos, que antes
    me acogistes, aproximaos!
     
    Venid a compartir este júbilo!
    Venid, el que recobró la vista os bendice!
    Esta felicidad es demasiado! Quitadme la vida,
    arrancad este divino rayo de mi corazón!
    6/26/2005

    Faetón o el entusiasmo (Friedrich Hölderlin)

    Oh entusiasmo! En tí encontramos una afortunada tumba.

    Nos sumergimos con silenciosa alegría en tu oleaje,

    hasta que oímos la llamada del tiempo;

    y entonces, despertamos para volver orgullosamente,

    lo mismo que las estrellas, a la breve noche de la vida.

    6/24/2005

    El mito de la poesía (Friedrich Hölderlin)

    No debemos desmentir la nobleza que hay en nuestro deseo

    de modelar esa porción de Infinito que existe dentro de nosotros.

    Los poetas debemos entrar con la cabeza descubierta hasta el

    mismo centro de la tempestad. Con nuestra propia mano

    hemos de tomar el rayo celeste y, envueltos en nuestro canto,

    transmitir al pueblo ese don divino. Pues sólo nosotros tenemos

    el corazón puro como el de un niño y sólo nuestras manos son

    inocentes. El rayo celestial no nos aniquila y, aunque nos sacude

    de dolor divino, nuestro corazón, eternamente, permanece firme.